Sus lágrimas calaban mi chaqueta,
su sangre golpeaba mis botones,
sus órganos pedían una tregua,
su aliento me llegaba a trompicones...
La excusa de morir no fue un acierto,
el dolor cohibido fue el culpable
y la fragilidad que le vencía
intentaba pasar por dueño amable.
Ya nada puede hacerse en tanta pena,
no hay flores en el prado que la calme,
queda plantarle cara a la condena
de que el mundo no pare por llorarle.
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